Buscaba un libro en casa hace unas tardes. Quería releer una anotación que había hecho, seguramente con letra ilegible, en el margen de ese libro años atrás. Después de dar vuelta la biblioteca empezó la tarea de repasar nombres de amigos y conocidos a los que les podría haber prestado el libro. Como era una novela (Santuario, de William Faulkner, en una edición de Bruguera que se deshojaba a medida que leía), la constelación de nombres podía volverse infinita. Podía ser que lo hubiera prestado en un impulso que muchos lectores tenemos: "¡Tenés que leer este libro!". Al que lo hubiera recibido así le podría haber parecido que se trataba de un regalo.
"Les presto libros sólo a dos o tres personas específicas porque sé que me los van a devolver -cuenta Giselle Aronson, autora de la novela Lo que no se sabe-. Jamás podría participar de una suelta de libros. Tengo sentimientos contradictorios en torno al tema. Entiendo, sostengo y defiendo la divulgación de la cultura, de la palabra escrita. Adhiero al valor de su circulación, su difusión, a la necesidad de que los textos alcancen a lectores cada vez más distantes y diversos. Pero me gana esa especie de egoísmo del que no renegamos quienes amamos los libros."
Prestar libros, en el barrio donde vivía cuando era adolescente, era habitual. Allí no había librerías y la biblioteca escolar había quedado desactualizada después de leer las colecciones publicadas por el Centro Editor de América Latina, impresas con letra minúscula y en un papel que muy pronto se había vuelto amarillento. Comprar libros en el centro era un lujo. Existían por suerte, como existen ahora, colecciones de libros de literatura que se vendían en los kioscos de diarios. La biblioteca de las familias proletarias aumentaba en dosis quincenales: a Camilo José Cela le seguía Truman Capote, y a Charlotte Brontë, Katherine Mansfield.
El dilema de prestar o no nuestros libros. Foto: LA NACION
"Durante una porción sustantiva de mi infancia y adolescencia, primero mi padre y luego mi madre oficiaron de bibliotecarios -cuenta otro narrador, Pablo Martínez Burkett-. Crecí rodeado de libros. Por eso no es de extrañar que las habitaciones de mi casa de adulto estén pobladas de bibliotecas. Mi devoción por los libros es tal que no descarto que mentes más esclarecidas me tachen como un maniático desquiciado. Mi afición bibliófila puede compararse con otros vicios como la bebida o el juego." El autor de los relatos de Mondo cane sostiene que en otros aspectos de su vida es un hombre despojado. "Pero prestar un libro me puede provocar un severo desarreglo nervioso. Aunque parezca un contrasentido, prefiero regalar el libro y ahorrarme la espera del hijo pródigo. Con vana ilusión hasta he adquirido un software de gestión profesional de bibliotecas. Pero no me salvo", afirma con humor y resignación. Martínez Burkett hizo enmarcar cerca de sus libros una copia de la Cédula de Excomunión expuesta en la Biblioteca Antigua de la Universidad de Salamanca.
Les prestaba libros a mis compañeras, más lectoras que los varones en esos años, y ellas a mí. Después los comentábamos, o ni siquiera. Había que seguir leyendo en los ratos libres y en los ocupados también. Una de ellas los forraba con páginas de revistas para no ajar las tapas y estaba prohibido, creo que tácitamente, subrayar o hacerles orejas a las páginas de los libros ajenos. A veces no volvían porque se perdían en la casa de una tía o del amigo de una amiga. Una de ellas había propuesto que formáramos un club y pagáramos una cuota para comprar nuevos libros. Solamente le dedicamos una mirada de reproche. Los libros nos parecían bienes de un universo de amor desinteresado, alejados de cualquier estrategia comercial.
"Siempre estuve a favor de prestar libros porque pienso que la cultura debe circular para que se desarrolle -dice Fernando Gabriel Caniza, escritor, periodista y docente que hace poco publicó A nadie le importa-. Sin embargo, a muchos nos pasa que esa práctica entra en crisis cuando no hay devolución. Así nos volvemos desconfiados, tal vez calculadores. ¿Conviene o no prestar el libro?" Ese razonamiento, acota Caniza, se debilita pronto porque prevalece el concepto de que el libro es un poderoso vehículo de amistad. "¿A quién debemos prestar? ¡A los amigos!", concluye. ¿Pero qué pasa si conocemos a alguien interesante y queremos compartir un libro con él? "De inmediato, lo emocional restablece el equilibrio. La experiencia demuestra que prestar libros hace bien. Hay que seguir prestando libros, tal vez aprendiendo a discernir entre quienes sepan valorar el gesto y nos pueda devolver una idea enriquecida. Aprender a confiar nos da más seguridad, así las ideas encuentran un campo más propicio para crecer."
Otro periodista y poeta, Maximiliano Legnani, complementa la perspectiva de Caniza. "Mi experiencia como prestador de libros es siempre grata e ingrata -dice el autor de Umbral-. Los libros difícilmente vuelven, es casi inevitable. He prestado mucho y en general no volvieron ni recuerdo a quién se los presté. Con Cristina Piña nos prestamos mucho y los libros siempre vuelven, pero tenemos el lado celoso de no dejarle un hueco en la biblioteca al otro, cosa infrecuente y al mismo tiempo aburrida, porque no hay mejor cosa que hacer que los libros circulen".
Vehículos de amistad, causantes de excomunión cuando no son devueltos, tesoros celosamente custodiados, los libros circulan en tiempos de escasez de mano en mano (o de pantalla en pantalla). Cuando se tiene la fortuna de contar con algo de dinero encima, se abre entonces otra dimensión, gigantesca y gozosa, para los amantes de los libros. Me refiero a elegir títulos para comprar y obsequiar a los seres queridos. Pero ése es otro capítulo.
"Durante una porción sustantiva de mi infancia y adolescencia, primero mi padre y luego mi madre oficiaron de bibliotecarios -cuenta otro narrador, Pablo Martínez Burkett-. Crecí rodeado de libros. Por eso no es de extrañar que las habitaciones de mi casa de adulto estén pobladas de bibliotecas. Mi devoción por los libros es tal que no descarto que mentes más esclarecidas me tachen como un maniático desquiciado. Mi afición bibliófila puede compararse con otros vicios como la bebida o el juego." El autor de los relatos de Mondo cane sostiene que en otros aspectos de su vida es un hombre despojado. "Pero prestar un libro me puede provocar un severo desarreglo nervioso. Aunque parezca un contrasentido, prefiero regalar el libro y ahorrarme la espera del hijo pródigo. Con vana ilusión hasta he adquirido un software de gestión profesional de bibliotecas. Pero no me salvo", afirma con humor y resignación. Martínez Burkett hizo enmarcar cerca de sus libros una copia de la Cédula de Excomunión expuesta en la Biblioteca Antigua de la Universidad de Salamanca.
Les prestaba libros a mis compañeras, más lectoras que los varones en esos años, y ellas a mí. Después los comentábamos, o ni siquiera. Había que seguir leyendo en los ratos libres y en los ocupados también. Una de ellas los forraba con páginas de revistas para no ajar las tapas y estaba prohibido, creo que tácitamente, subrayar o hacerles orejas a las páginas de los libros ajenos. A veces no volvían porque se perdían en la casa de una tía o del amigo de una amiga. Una de ellas había propuesto que formáramos un club y pagáramos una cuota para comprar nuevos libros. Solamente le dedicamos una mirada de reproche. Los libros nos parecían bienes de un universo de amor desinteresado, alejados de cualquier estrategia comercial.
"Siempre estuve a favor de prestar libros porque pienso que la cultura debe circular para que se desarrolle -dice Fernando Gabriel Caniza, escritor, periodista y docente que hace poco publicó A nadie le importa-. Sin embargo, a muchos nos pasa que esa práctica entra en crisis cuando no hay devolución. Así nos volvemos desconfiados, tal vez calculadores. ¿Conviene o no prestar el libro?" Ese razonamiento, acota Caniza, se debilita pronto porque prevalece el concepto de que el libro es un poderoso vehículo de amistad. "¿A quién debemos prestar? ¡A los amigos!", concluye. ¿Pero qué pasa si conocemos a alguien interesante y queremos compartir un libro con él? "De inmediato, lo emocional restablece el equilibrio. La experiencia demuestra que prestar libros hace bien. Hay que seguir prestando libros, tal vez aprendiendo a discernir entre quienes sepan valorar el gesto y nos pueda devolver una idea enriquecida. Aprender a confiar nos da más seguridad, así las ideas encuentran un campo más propicio para crecer."
Otro periodista y poeta, Maximiliano Legnani, complementa la perspectiva de Caniza. "Mi experiencia como prestador de libros es siempre grata e ingrata -dice el autor de Umbral-. Los libros difícilmente vuelven, es casi inevitable. He prestado mucho y en general no volvieron ni recuerdo a quién se los presté. Con Cristina Piña nos prestamos mucho y los libros siempre vuelven, pero tenemos el lado celoso de no dejarle un hueco en la biblioteca al otro, cosa infrecuente y al mismo tiempo aburrida, porque no hay mejor cosa que hacer que los libros circulen".
Vehículos de amistad, causantes de excomunión cuando no son devueltos, tesoros celosamente custodiados, los libros circulan en tiempos de escasez de mano en mano (o de pantalla en pantalla). Cuando se tiene la fortuna de contar con algo de dinero encima, se abre entonces otra dimensión, gigantesca y gozosa, para los amantes de los libros. Me refiero a elegir títulos para comprar y obsequiar a los seres queridos. Pero ése es otro capítulo.
Diario La Nación